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©2009 Lorena Fernández

Bosquecito por Sonia Budassi

"a este animal no le enseñaron
a enamorarse ni a despedirse"
Marcelo Ahumada. El primogénito

¿Para qué sirve un enredo?
¿De dónde vienen esos seres fluidos,
esas máscaras que significan máscaras?
Paulo Leminski

La iniciación como camino, como dogma, como estímulo, como mandato; la pérdida de la inocencia como condición de necesidad. Si pueden leerse esas huellas, conviene percibir que el trabajo de Lorena Fernández se pregunta por la existencia del momento previo. Se preocupa por la posibilidad del paraíso perdido sin su carga de nostalgia. Se obsesiona por la creación de un universo que aquí sigue existiendo, pleno; en acto y en potencia. Libertad y refugio, dispersión y profundidad a partir de juegos que sólo se juegan como parte de una felicidad naturalizada. Las huellas de la ausencia, los fantasmas, son algo que el visitante decidirá encontrar o no.

En este proyecto reina el bosque de las fábulas infantiles con su fino velo a veces macabro, las flores domesticadas, un coro de color y tallos escondidos, la materialidad de la que los sujetos forman parte cuando la alianza con la naturaleza no se quiere romper. Cuando, como en aquel poema de Marosa Di Giorgio, el presente es el momento mítico, fundante, que se reproduce en esa lógica una y otra vez para sí. "Los leones rondaban la casa./Los leones siempre rondaron./Siempre se dijo que los leones rondaron siempre./Parecían salir de los paraísos y el rosal./Los leones eran sucios y dorados./Ellos eran muy bellos".

El afuera y el adentro de esta casa no son más que pura continuidad, un conjuro por la belleza salvaje. La fantasía sólo puede existir como efecto posterior, porque aquí todo convive según el deseo, en la falta de bordes. Ni lo pragmático ni lo funcional imponen sus reglas sino en el juego; las pautas se someten alegremente a otro orden, entre lisérgico y real, descentrado, donde la imaginación no es barrera ni puente sino un páramo, origen y destino. Porque en este lugar de resistencia, las convenciones son una continuidad del instinto, surgidas de la interioridad, de la música de la ronda, de las corridas de los juegos y de las letras recién aprendidas.

Si fuera posible transgredir con nuestra cotidiana linealidad la lógica que propone Lorena, si pudiéramos especular futuro en este universo, ¿qué veríamos? ¿podemos imaginar la concreción de la leyenda de las valkirias? ¿habitan aquí futuras amazonas?¿mitológicas ninfas? ¿chicas de oficina que viajan en colectivo al trabajo, temprano a la mañana?¿gimnastas disciplinadas que se ejercitan a diario? ¿investigadoras académicas con problemas para llegar a fin de mes?

"Yo, que jamás me habituaré a mí misma pretendía que el mundo no me escandalizase. Porque yo, que de mí sólo obtuve no someterme a mí misma, pues soy mucho más inexorable que yo, pretendía recompensarme de mí misma con una tierra menos violenta que yo" se lee en el relato de Clarise Lispector Perdonando a Dios.
La tierra primigenia de Lorena -y aquí su intensa particularidad- no es violenta; como si el salvajismo latente fuera más un amigo que condición domesticada, una suerte de oxímoron realizable. Pero, también es cierto, el espacio que ella describe es territorio virgen, el relato de lo sucedido antes del escándalo.

En respuesta a la Condesa que le aconseja "Cuídate del sentido, que las rimas se cuidarán de sí mismas", Alicia piensa como queja: "¡Qué ganas de sacarle a todo una moraleja!". Quienes visiten la instalación, por lo pronto, podrán experimentar lo que pedía Coleridge con la literatura: la suspensión temporal de la incredulidad. Y tal vez la ambigüa sensación del refugio que, por un momento, impregna el recuerdo de cada mundo posible. Antes de bajar la escalera de esta galería y ser arrojados de nuevo a la calle quizá se encienda un deseo transversal, un pequeño impulso transgresor. El de la mirada de quien vuelve del paraíso hacia lo conocido; el de quien, luego del viaje puede, aunque embriagado, repensar el punto de partida.