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©2009 Lorena Fernández

Texto para la muestra El instante antes de que todo suceda del grupo Santa, julio de 2014.

Hagámosnos Santas

El cartel estaba manuscrito en prolija cursiva y parecía flotar, suspendido en el cielo, sobre el patio del colegio de monjas… decía “Hagámonos Santas” y todo lo que las niñas uniformadas hacían debajo de él, parecía responder secretamente a ese ideal: saltar la soga, peinarse, tomar gaseosas, dar carcajadas de soprano. Yo había sido una de esas niñas y ahora me preguntaba ¿se puede ser santa en grupo?, ¿corren carreras las santas? Si el principio de lo santo es su separación de lo profano, su corrimiento de lo cotidiano, su particularidad, ¿cómo hacer de ese distanciamiento la clave de un agrupamiento? Por otro lado, ¿cómo no armar una pandilla? ¿Cómo no correr?

Los fundamentos votivos de los grupos son antiguos, precisos, secretos. De enorme importancia. Esto es así porque así ha sido cuando fue bueno y justo y bello: las Vivian Girls, The Runaways, el orden matriarcal de los Bonobos, las Zorras Rojas, las Mujeres Bellas y Fuertes, los Ángeles de Charlie, las Amazonas, las Guerrilla Girls, las mujeres que remiendan tigres de Amy Cutler, las poetas suicidas, las Pussy Riot y las Riot Grrrl y las brujas, todas y cada una de ellas. Hemos aprendido cosas y nos mantenemos juntas para seguir aprendiendo. Ya lo dije, cosas importantes, cosas necesarias para nuestra supervivencia y nuestra gloria, cosas como que a veces grafitear un coche o robarlo para ir hasta la playa puede ser más efectivo que quemarlo por completo.

En sus últimos trabajos Roland Barthes pensó insistentemente en los grupos y en la posibilidad del vivir juntos, así llegó hasta unos monjes del siglo X que, en el Monte Athos, practicaron la convivencia idiorrítmica (ajustada al propio ritmo). Los monjes vivían alejados unos de otros y a la vez dependían de un monasterio, solitarios e integrados. Barthes pensaba que a veces las sociedades de amigos podían ser una forma de este vivir juntos, “un plural sin igualdad, sin indiferencia”. Un grupo de amigos, unidos por una práctica diaria, por una materialidad específica, por cierto timing y cierta gestualidad. Así, el grupo posibilita el acceso a la santidad: revela físicamente que en el gesto de irse lejos para estar más cerca, radica la posibilidad de ver y dar a ver ese “instante antes de que todo suceda”… eso que algunos llaman fotografía y nosotras, milagro.

Hace ya muchos años un hombre joven se retiró del mundo para encontrar la libertad. Una de las últimas fotografías que él mismo se tomó da cuenta de su éxito… encontró algo más que dejó escrito entre sus papeles: “La felicidad sólo es verdadera cuando es compartida”. La santidad también.