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©2009 Lorena Fernández

Texto para la muestra Obrador, marzo de 2015.

Obrador, el hacer de la obra o la piedra filosofal

Juan de Borbón.

Hacia finales del siglo XV, la tierra que hoy conocemos como Suiza dio a luz a Theophrastus Phillippus Aureolus Bombastus von Hohenheim, también conocido como Paracelso. Indiscutible referente de las artes forjadas al fuego, supo desarrollar su pensamiento a la luz de la siguiente premisa: “El saber no esta? almacenado en un solo lugar, sino disperso por sobre toda la superficie de la tierra”. La construcción de una idea de la belleza oculta el esfuerzo coordinado de generaciones que han elaborado una cartografía específica, una disposición de los elementos en las coordenadas indicadas. Aunar los puntos en el cielo para dar cuenta del sentido es la responsabilidad solitaria del navegante.

Muchos años más tarde, Maurice Blanchot escribía que lo fragmentario se enuncia en un lenguaje que no lo reconoce. Componer al nivel del susurro incesante es exponerse a la decisión de una carencia que no se marca más que con un exceso sin lugar. Un deseo desviado en deseo, como un choque de claridades. El destello del sol sobre la piedra y millones de hilos dorados diminutos vibrando en el aire. Jung transcribe la explicación de Michael Maier en De Circulo Physico Cuadrato, para el cual a consecuencia de los millones de rotaciones en torno a la tierra, el sol ha hilado el oro en ella.

Para L. todo está en pedazos, porque se trata del flujo de posibilidades que abre el trabajo. Una disposición acertada y meticulosa de los objetos. La fabricación de rituales específicos a partir de una afección insólita y desmesurada con la materia, donde la foto no es más que una excusa técnica o un oficio puesto allí como quien rehusa abandonar la huella de su camino. Y Obrador aparece como el hacer mismo, despliegue no de todas las posibilidades, sino de la potencia que se esconde en un arte combinatoria elaborada con todo aquello con lo que entra en contacto.

La cocina del alquimista es su cuerpo multiplicado en los objetos con los que enlaza un afecto, o una pasión.
Allí el oro baña lo otro y lo propio, y L. da de sí un manto de luz.

Abracadabra.