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©2009 Lorena Fernández

Texto para la revista ROZA #3, marzo de 2010

REINA

Si alguna vez tengo que cantar en público, ya sea a capella o karaoke, elijo para cantar Under Pressure, no porque me vaya a salir re bien, sino porque algo en las voces de Freddie Mercury y David Bowie, en esa melodía, me influencian hasta el punto de hacerme dar alaridos. Hace muchos años conozco esa canción y desde el primer momento funcionó así: la escuchaba, la cantaba encima, la escuchaba, la cantaba encima, a los gritos, donde sea, “why can't we give love one more chance?! Why can't we give love, give love, give love …”

Cuando promediaban los noventas y Freddie ya estaba muerto y yo empezaba a estar ciento por ciento dedicada al sexo, llegó desde el más allá su voz enrarecida pero reconocible cantando You don't fool me. Escuché la canción por primera vez cuando vi el video, que ya sin la posibilidad física de F. se metía con una parejita de adolescentes alternativos. El video está muy bien, los chicos cogen en el bosque y luego se vuelven a encontrar en una disco y todo es lo suficientemente ambiguo como para reclamar filiación con el padre que se vestía de mujer y cantaba “I want to break free”. Pero de toda esa ambigüedad lo que a mí más me perturbó fue un primer plano de la chica cuando están teniendo sexo en el bosque. Ella es muy joven, blanca, de pelo corto con rulos negros, linda sin escándalo, linda de verdad, y cuando aparece cogiendo con el pibe, su piel blanca está sonrojada, muy rosa y acalorada. Como no podía tener el video para verlo mil veces, sólo recordaba el estribillo de la canción y el sonrojo de la chica. Algo de eso me emocionaba, me enamoraba, era como de repente la verdad. En ese momento no estaba preocupada todavía por la verdad en la representación, eso vendría después, cuando me dedicara a representar. Ahí sólo me importaban las experiencias del cuerpo, y que ese cuerpo hubiera producido ese sonrojo me parecía fascinante.

Mi color de piel es raro, no soy blanca, tampoco morena. Cuando era chica, mi madre me decía que era amarilla porque no comía tomate como mis primas que siempre tenían los cachetes rosados; entonces, antes de mandarme a un cumpleañitos me pelliscaba bastante fuerte las mejillas mientras me decía “a ver si así tenés más color”. A mí mucho no me importaba, pero desde que ví a esa chica sonrojarse, quedar así de hermosa y transfigurada por un color en la cara, quise que a mí me pasara lo mismo. Después de tener sexo iba corriendo a mirarme al espejo para ver cómo quedaba, llegué a parar en la mitad de algo para ver si me ocurría, y nada.
Hasta que un invierno fui al cine Lorca a ver La ceremonia de Chabrol y entre la película y la cale-facción lograron lo suyo, salí de la sala sintiendo que las mejillas me ardían, que el cuerpo me ardía sin saber si lo que sentía era por fuera o por dentro. En el espejo del baño del cine me ví, perfecta- mente bella y arrebatada. Después de esa primera vez simplemente empezó a ocurrirme. Fue un invierno muy solitario y a la noche leía hasta tarde en la cama, cuando me levantaba a hacer pis a veces sin querer me miraba en el espejo y ahí estaba yo, muy joven, el pelo muy negro y salvaje y las mejillas rojas. Ese invierno no hubo nadie para verme en ese estado, tal vez era tener el corazón roto lo que generaba ese color, tal vez mi cuerpo sólo habla así en soledad.

Para esa altura ya estaba estudiando cine y no sólo recordaba a esa chica sonrojada del video sino que también me preguntaba cómo habían logrado filmar ese momento. Todo el mérito del video para mí estaba en haber capturado ese estado.
Tiempo después llegó Fallen Angels de Wong Kar Wai y la escena de la protagonista masturbándose me pareció visualmente genial, el personaje de ella era maravilloso, pero Wong, en su recato o tal vez en su imposibilidad, no mostraba la cara de esa china que como una víbora se acariciaba sobre la cama del hombre que deseaba. En ese momento sentí que algo faltaba, la cuota de verdad.
Luego apareció Beautiful Agony, una página que un amigo muy voyeur encontró en internet donde diferentes mujeres se graban en plano medio, cenital, masturbándose. El juego al verlas era adivinar cuál estaba realmente acabando y cuál no, para mí dos de ellas lo lograban: una chica muy chica que se masturbaba boca abajo y que por ende había tenido otra puesta de cámara y una chica estilo nórdico que en toma (guau que maravilloso), empezaba a ponerse colorada hasta terminar como un
tomate. Ver el color aparecer, intensificarse, tomarla por completo hasta la raíz del pelo rubio… creo que lo miré 100 veces más o menos.
Pasaron los años y en la universidad me dieron 3 minutos en material fílmico de 16mm para que filmara un corto. Yo estaba en ese momento ya tomada por la idea de la intimidad en la represen-tación así que le dije a mis profesores que iba a filmar a una chica masturbándose. Ellos me miraron con una cara rara, lo voy a adelantar ahora, como la cara de Bowie que describo más adelante, casi en el final de esta historia. Filmé el corto con una amiga actriz que se masturbó de verdad. Elegí una amiga porque entre ella, la cámara y yo tenía que pasar algo que solamente la confianza mutua podía generar. Y ella lo hizo de verdad porque lo que yo quería ver no se podía mentir. También fue fundamental que ella fuera actriz porque ese entrenamiento le permitió estar enfrente mío en esa situación, todas las otras amigas a las que se lo propuse me sacaron cagando mal. Desde ese momento hasta hoy me dedico a fotografiar mujeres, amigas siempre, esperando en todos los casos que ese momento de magia ocurra, momento donde entre la pose artificial y el gesto natural se libra una batalla que por un breve instante deja escapar un signo de experiencia vital. Algún gesto mínimo, inconsciente e irreprimible de sus cuerpos. A veces lo logro, a veces no, pero cuando pasa, cuando logro armar una situación con alguien que logra conectarse con ella y conmigo al mismo tiempo, se producen imágenes potentes y evocadoras. Alguien que me vio fotografiar en estas situaciones me dijo que se me transforma la cara, que se me transfigura en un gesto de placer, que es un poco impresionante … esa persona me lo dijo con vergüenza, como si me hubiera visto en algo muy privado o en un estado mio que asusta un poco …
A veces las mujeres tenemos una belleza terrible e intratable.

Después de que Freddie se murió se hizo un mega recital en su honor donde cantaron sus canciones muchos artistas grosos. Under Pressure fue para David Bowie y Annie Lennox. Ahí está Bowie con traje verde loro, un ojo de cada color, el más bello de los raros, el duque blanco, sorprendido, avasallado por Annie Lennox que muestra lo que realmente es: la desmesura, la mordedura tajante, la voz que escuchan los alucinados. Ella tiene el pelo cortísimo y oscuro peinado hacia atrás con gel, la cara cubierta con base blanca y los ojos pintados con una banda negra como la replicante de Blade Runner. Pero lo más increíble es su vestido, miles de capas de tul negro hasta el piso, sobre un miriñaque que extiende su radio de acción en varios metros. El Siglo XIX puramente sexual y por ende andrógino, el autoabastecimiento debajo de la pollera. Y Annie lo logra, canta Under Pressure con esa voz enorme que tiene y juguetea con el pobre Bowie que se mantiene estoico, con cara rara como de profesor que piensa que su alumna se volvió loca, pero que si se hace cargo de eso se monta en una encabritada, así que mejor nada, él y su traje verde loro. Ella hecha bendiciones y maldiciones, terrible, preciosa, y cuando terminan él la despide adulándola (“the most exquisite”, le susurra). Ella sale del escenario y él se queda a cantar otra, gana terreno, agarra el micrófono y, cómplice con el público, pone cara de sorprendido, horrorizado y dice “where did she get that dress???!!! La bardea. Y es que si no la bardea, él, el duque, tendría que caer rendido a sus pies. Porque Annie es la reina, corre con su vestido negro inentendiblemente sexual, absolutamente mágico y poderoso por el bosque y en algún momento el vestido se engancha con las ramas y si pudieran verla se darían cuenta que el sudor de la corrida barrió la base blanca. Y así aparece la piel aún más blanca de Annie, absolutamente arrebolada, sonrojada.