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©2009 Lorena Fernández

Texto para el libro Las cosas quietas de Loli Mosquera, mayo de 2013.

Yo soy la presa



¿Qué son estas imágenes? ¿De qué material están hechas? ¿Eso es una cascada o una cabellera de piedra? Doy vueltas alrededor de ellas, pienso que podría mirarlas todos los días, muchos días, y no encontrar palabras que se sostengan, y sin embargo me generan estados, me modifican, bajo los ojos y sonrío, miro alrededor esperando que todo brille como lo hacen ellas… hago el ejercicio mental de simplemente enumerar los procesos químicos y físicos que las hacen posibles, ¿daré así, finalmente, con el punto? No hablarlas, escucharlas. Entonces me quedo quieta, quieta, y las miro una vez más. Estado complejo, ambiguo, denso. De la práctica de estarme quieta ante ellas obtengo mi única certeza: son fotografías, entonces allá afuera existe algo que se parece a lo que ahora habita este rectángulo inestable y vivo. Eso que ellas materializan es lo anómalo, lo intratable, lo que no logro fijar. No hay soluciones allí, ni paz, ni sosiego. Cuando las cosas están vivas y aparentan quietud, lo sé, lo hacen para lograr atraparme, soy la presa de estas imágenes. A partir de este punto, de esta constatación de peligrosidad, vuelvo a mirarlas, ya no para escaparme sino para enfrentarlas. Y me vuelvo a quedar quieta y les digo belleza, belleza innegable y peligrosa porque aniquila toda tibieza, y les digo sueños, lugar de donde vienen todas las pasiones estéticas verdaderas y propias, y les digo memoria, el presente activando las fuerzas del pasado. Una lista corta, sólo una aproximación… porque ¿si explico un proceso químico hago comprensible la magia? ¿Si describo con detalle el dorado agrego algo a esa belleza? ¿Qué tengo que decir para contarles un sueño y que sean cómplices de él? ¿Cuánto tendría que exponer de mi historia privada y personal para hacerlos parte de mis recuerdos? ¿Con quién comparto la angustia ante lo que no se queda quieto, ante lo que no para de cambiar, de mutar, de moverse, de irse lejos de mí? ¿Quién puede ver conmigo esa estela que deja todo lo que amo? Con dosis inestables y a la vez precisas de materialidad y misterio, algo parecido a una batalla se libra entre esas manos que se esfuman, que ya no se quedan quietas. En la inminencia de su desaparición, resplandecen.